La tatufiesta como práctica de bioresistencia, charla en la UPV/EHU

El pasado 12 de febrero fui invitada a las jornadas Kolmena que Kolektiff organizó en la facultad de Bellas artes de la UPV/EHU (Bilbao) como ponente para hablar de la tatufiesta como práctica de bioresistencia. Fue una oportunidad para reflexionar sobre Pffftattoo, sobre el Club de cicatrización, Puntería y cariño, el Saloncito libre de estéticas desobedientes, la fiesta, el biohacking, el trabajo, el dinero, el control, la obediencia_desobediencia, el éxito_fracaso, la (anti)profesionalidad, la higiene, la propiedad del conocimiento y sobre cuidarnos.

Desarrollé mi propuesta a través de una lectura performativa que, acompañada de vídeos e imágenes, relataba mi recorrido experiencial, corporal, discursivo y afectivo en relación a las tatufiestas. A continuación, algunos fragmentos:

[…]

Hacer fiestas es un proceso que nos interesa mucho
porque lo entendemos como una práctica de resistencia a muchas cosas.
Nos interesa desde una mirada subversiva y terapéutica,
porque entendemos la fiesta
como un rito de cohesión y de transformación
que no tiene vuelta atrás.

La fiesta
se articula ancestralmente
como un momento de conexión entre los presentes irreversible.
Es una excepción de la cotidianeidad
pero a la vez es repetitiva:
los distintos tipos de fiestas
tienen distintos tipos de estructuras
que se suelen repetir
(pensemos en una rave, un bautizo, unas cañas después de exámenes:
más o menos siempre pasa lo mismo,
y dentro de lo mismo
caben infinitas derivas),
En las fiestas se estabilizan vínculos,
normas,
funciones en una coreografía social de quienes están presentes.
Desde tiempos antiguos
la fiesta sirve tanto a
organizadoras del orden


como a sublevadas

para negociar con lo establecido
en un intento de acercar
lo que nos gustaría a lo que tenemos,
lo imaginado a lo vivible,
una especie de feedback loop
donde cuerpos, territorios, subjetividades, relaciones
se ven afectadas
para no volver a ser las mismas.

Entendemos, así, las fiestas
como espacios políticos y transformadores.

[…]

Pero es que además,
vemos que las fiestas tienen una fuerza tal
que desbordan los lenguajes discursivos
y que se adentran en dimensiones de quienes somos y cómo estamos:
dimensiones que son más poéticas, corporales, húmedas,
confusas, incodificables.
Una fiesta no cabe en un discurso académico
o en un contexto plenamente controlado.
Por eso, las fiestas construyen otros mundos sensibles,
nos hacen preguntarnos no sólo por lo que hacemos
sino por lo que podríamos hacer suceder
en nuestros cuerpos, presencias, espacios, políticas, memorias, ausencias.
Una fiesta puede

insubordinarse al imaginario común
e introducir disidencias de orientaciones,
capacidades, procedencias, afectividades, normalidades, estéticas…

A día de hoy, la fiesta,
además, y más allá de, como digo,
ser un proyecto de insurrección,
es también de supervivencia.

El proyecto globalizador neoliberal que habitamos
exacerba la rivalidad,
la competición, la precariedad,
el ahogo en la continua frustración por tareas que cumplir,
promesas de mejora que no llegan, deudas que nos empobrecen…
Y también normaliza la desconexión con el resto del planeta
y entre nosotrxs,
nos habitúa a la neurosis,
nos hace construir nuestra identidad a través del trabajo
y cronificar la ansiedad.
En este estado de crisis,

la fiesta se convierte en una herramienta
de contraposición a lo cotidiano,
de escape psicológico y social
a esta manera desconfiada, desesperada y miedosa
en que nos relacionamos con el mundo.
La fiesta es un lugar
para una contraproductividad que es obscena.
Yo no aguanto esto sin fiesta.
En la fiesta encuentro
un refugio, un paisaje afín, cariños, conflictos,
proyectos políticos, deseos, estructuras de cuidados, compromisos…
La fiesta nos nutre, nos da vida.

[…]

El tipo de tatu que hacíamos era handpoke.
Sólo necesitas aguja y tinta.
Sumamos algunos medios básicos de higiene:
alcohol, papel de cocina, vaselina
(todo se puede comprar en el supermercado).
Si queremos copiar dibujos,
papel transfer y desodorante / líquido transfer.
Es una técnica muy punki / hazlo tú misma,
viene de tradición milenaria de muchos pueblos del mundo.
Aquí en Europa la conocemos más
por su práctica en las cárceles
(aguja de coser o alambre y tinta de boli).
El handpoke utiliza los recursos mínimos necesarios,
casi cualquiera puede hacerlo.
Tiene mucho que ver con las ideas
del open source / código abierto,
que vienen más de ámbitos de la programación e internet
pero significan que la receta o las instrucciones
son públicas y se pueden repetir y usar:
no es como la CocaCola o Instagram o Nike,
sino más como un cocido:
recetas a las que todxs podemos acceder
y luego cada unx lo puede hacer como quiera,
todas las veces que quiera.

Os contaba que en esta época estaba en Hangar
y coordinaba el wetlab, laboratorio de biohacking.
Las prácticas vinculadas al cuerpo humano
no suelen ser de código abierto ni libres,
el estado y la institución biomédica
nos prohíben hacer muchas cosas,

sea consumir ciertas sustancias,
someternos a ciertas operaciones sin un examen psicológico
que diga que nos permiten hacerlo
(aquí podemos hablar de transiciones),
sea criar un trozo de nuestra piel en una placa petri
o sea hacernos un tatuaje sin pagar por un permiso.
Las leyes que regulan estas prohibiciones
se construyen desde la idea de protegernos,
pero muchas veces
(como defendemos desde muchos activismos)
quien decide cómo nos protege
lo hace desde una perspectiva
misógina, o homófoba, tránsfoba, racista, colonialista, clasista, capacitista, etc.
En cualquier caso, normativa;
que termina ejerciendo violencia sobre nosotrxs
y nuestros cuerpos.

El biohacking
es un conjunto de prácticas
mucho más que teóricas y no sólo artísticas
que defiende desobedecer
las normas de la institución biomédica
como un gesto de soberanía sobre nuestros propios cuerpos
para hacer todo lo que está más allá
de lo que la institución biomédica
es capaz de reconocer/comprender.

[…]

Somos colectivos que no hemos pasado por la academia
para acceder a los saberes que nos posibilitan estos proyectos
pero sí por espacios digitales y físicos
de conocimiento libre / código abierto
y por comunidades de aprendizaje.
El open source
no sólo nos pretende igualar en el acceso al saber
(nadie tiene que pagar una matrícula para aprender química)
sino que también nos hace más libres
posibilitándonos más vías de hacer.

Lo más interesante del club,
para mí, es la metodología.
En este centro tan top de la creación contemporánea,
de lenguajes tan elitistas,
de personajes o egos tan bien construidos, sin grietas,
la propuesta metodológica al entrar al club
era no saber lo que estás haciendo,
salir del lugar donde te sientes segurx/experta/que lo vas a hacer bien
y que aprendieras de la presencia más inesperada.

Los sistemas normativos de reconocimiento o legitimización
quedaban suspendidos y desoídos.

hablo de espacio genuino
porque fue un lugar de soberanía sobre las propias cicatrices y autoimagen
y de cuidado radical.
Al final, lo que siempre encontramos en esta práctica,
es que se genera una relación de confianza
con una desconocida
en la que aceptas que ninguna de las dos
sabe muy bien lo que está haciendo,
pero nos comprometemos
a ser muy ciudadosas
para que las dos estemos bien durante este proceso.
Un proceso que, como decía cuando hablaba de la fiesta,
nos conecta y nos transforma de manera irreversible.

Esto me parece muy importante
porque en estos tiempos
se da mucha importancia al fracaso y al éxito,
a las huellas del error,
al no depender de nadie,
al no equivocarse al hacer o al elegir, a la perfección…
Y quizás la relación tan íntima que se genera
entre tatuadorx y tatuadx
es una de las infinitas formas
de darle menos importancia a cosas
que no tienen por qué condicionar nuestra vida
y de hacer ciertos gestos de desobediencia o resistencia
a normas que son estéticas, morales, biomédicas, etc
y que no son tan interesantes
para nuestro bienestar, felicidad, emancipación.

[…]